En memoria de Francisco: ¿Qué legado nos deja?


La noticia cayó como un rayo en el corazón de muchos: el Papa Francisco ha muerto. Y no, no es solo la despedida de un líder religioso. Es el final de una era, de una voz que supo hacer ruido sin gritar, que se animó a hablar de justicia cuando otros preferían callar. A sus 88 años, el primer Papa latinoamericano, ese que eligió llamarse Francisco como el santo de los pobres, se fue. Y con él, quizás, se va también uno de los últimos referentes morales globales.

Durante más de diez años, este hombre con cara de abuelo y corazón de luchador nos habló del mundo que duele. Nos habló de los descartados, mientras las noticias solo hablaban de los mercados. Abrazó a los migrantes cuando otros levantaban muros. Denunció un sistema que pone el dinero por encima de la vida. Se animó a llamar a las cosas por su nombre: capitalismo desalmado, colonialismo disfrazado, religión sin amor. Y todo eso lo dijo desde el sur, con acento argentino y mirada de compasión.

Francisco no era perfecto, pero tampoco era ingenuo. Sabía que sus gestos molestaban. Sabía que sus palabras incomodaban más a algunos dentro de la Iglesia que fuera de ella. Pero igual las dijo. Porque entendía que había poco tiempo. Que no podíamos seguir esperando. Que este mundo, con toda su belleza y su dolor, necesitaba voces valientes. Voces humanas.

Y ahora que ya no está, muchos sentimos un vacío. Como si se apagara una luz en medio del caos. Porque no era solo el Papa. Era alguien que nos recordaba que la fe no tiene que ver con imponer, sino con abrazar. Que la religión no debería ser un arma, sino un refugio. Que creer no es repetir fórmulas, sino comprometerse con el otro, con el planeta, con los que sufren.

Hoy el mundo parece más frágil. Las redes sociales gritan, los discursos de odio se disfrazan de patriotismo, la tecnología avanza sin preguntarse si lo que hace está bien o mal. En ese ruido, Francisco era una brújula. Y lo era precisamente porque no prometía respuestas fáciles. No vendía felicidad instantánea ni decía que todo iba a estar bien mágicamente. Su mensaje era otro: esperanza. Pero una esperanza con los pies en el barro. Una esperanza que se construye luchando, acompañando, resistiendo.

Su muerte deja a la Iglesia en un momento difícil. Hay sectores que quieren usar la religión como escudo para excluir, para juzgar, para dividir. Pero el legado de Francisco es claro: la Iglesia no es un club de puros, es un hospital de campaña. No es un edificio encerrado en sí mismo, es una casa abierta. Él no quería una fe encerrada en los templos, sino una fe que camina, que se ensucia las manos, que se hace cargo del dolor del mundo.

Este no es solo un tema para los creyentes. Es un tema humano. Porque Francisco no hablaba solo de Dios, hablaba del mundo. De cómo lo tratamos, de cómo nos tratamos. Hablaba de justicia, de dignidad, de la importancia de no ser indiferentes. Y eso, te importe o no la Iglesia, nos toca a todos.

Tal vez lo más fuerte de su mensaje era esto: “No hay salvación sin los otros”. En un mundo que empuja al individualismo, él nos recordaba que nadie se salva solo. Que la verdadera salida es colectiva. Que o nos cuidamos entre todos, o nos perdemos como humanidad.

Hoy, su voz se extraña. Pero no se apaga. Porque las voces que nacen del amor, de la lucha y de la esperanza verdadera, siguen resonando. Tal vez ahora nos toca a nosotros. No imitarlo, pero sí inspirarnos. Preguntarnos qué podemos hacer, desde donde estamos, para que su mensaje no se quede en el recuerdo, sino en la acción.

Francisco ha muerto. Pero si algo nos enseñó, es que la esperanza –esa de verdad, la que se riega con compromiso y ternura– nunca muere.

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